Algunos futbolistas hacen auténtica magia con sus pies. Ya sean diestros o zurdos, tienen un don, una habilidad distinta al resto de los mortales que les permite golpear el balón con precisión de entomólogos, hacer controles imposibles o realizar inesperados taconazos. Pero cuando esos mismos futbolistas se quitan las botas y en lugar de tener debajo de su pie un balón tienen los pedales de un coche, la cosa cambia drásticamente.

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Por algún extraño motivo, el gremio de los futbolistas es especialmente sensible a los accidentes de tráfico. No hay una explicación científica, pero lo cierto es que dentro del planeta ‘famosos’, los futbolistas suelen ser noticia cuando cogen sus deportivos. El excelente mediocentro del Real Madrid, Claude Makele, fue sorprendido en su coche después de un partido de Champions conduciendo a más de 200 kilómetros/hora por la Castellana. El francés confesó que su adrenalina estaba absolutamente disparada tras jugar esos vibrantes 90 minutos de Champions League. Necesitaba bajar el subidón de alguna manera. Está claro que eligió la peor opción.

Sin embargo, otros futbolistas son propensos a empotrar sus caros coches sin necesidad de bajar la adrenalina, por pura distracción o impericia. En ese apartado destaca el futbolista argentino Ever Banega, actualmente en el Valencia. El hábil futbolista ha sufrido varios accidentes de tráfico, algunos muy curiosos. Banega destrozó un Ferrari solo unas horas después de haberlo comprado y apenas unos años más tarde, hizo lo propio con su Audi R8. El argentino se disponía a repostar gasolina y olvidó poner el freno de mano. El coche se le vino encima y el futbolista no tuvo mejor idea que intentar detenerlo con su pie, como si fuese un balón. El resultado: fractura de tibia y peroné y varios meses apartado del fútbol. La acción colmó la paciencia de varios aficionados del Valencia.

Y es que el caso de Banega no es el único dentro del vestuario che. Futbolistas como Miguel Brito, Joaquín y Ricardo Costa han protagonizado varios accidentes de coches. El más sonado fue el de Miguel Brito, que atropelló a dos señoras mientras intentaban cruzar un paso de cebra.

Cristiano Ronaldo tampoco ha tenido mucha suerte con los coches. El portugués empotró su Ferrari en un túnel próximo al aeropuerto de Manchester. Pero el delantero madridista no es el único del equipo de Chamartín que tuvo sus más y sus menos con el tráfico. Karim Benzemá se lleva la palma de peor conductor en el vestuario madridista. En 2009 sufrió dos accidentes diferentes en el mismo mes. El segundo, bastante más mediático, fue en la Isla Reunión, mientras celebraba su cumpleaños en compañía de amigos famosos como el rapero Rhoff.

El alcohol suele ser un eficaz aliado para destruir vehículos y reputaciones. El trayecto que une la discoteca de la mansión de un futbolista suele convertirse en un potencial circuito de Fórmula 1. El mítico y polémico canterano del Real Madrid, Guti, chocó contra un autobús en Estambul tras abandonar la discoteca en la que su equipo festejaba un título. El control de alcoholemia reveló que Guti había quintuplicado la tasa máxima permitida. Para más inri, el jugador fue grabado en vídeo mientras argumentaba molesto que él no tenía la culpa de nada.

Más trágicas son las historias de dos futbolistas que han pasado por el Málaga. Darío Silva chocó contra una columna en el paseo marítimo de Montevideo. El accidente fue tan grave que los médicos decidieron inducirle el coma y amputarle la pierna derecha. Por su parte, el argentino Diego Buenanotte protagonizó un accidente fatal a bordo de su coche. Las tres personas que le acompañaban fallecieron y él resultó gravemente herido. El peso de la culpa le tuvo apartado del fútbol durante un buen tiempo.

Pero si hay un futbolista en la actualidad que apunta maneras para convertirse en el enfant terrible del tráfico ese es Mario Balotelli. Con sus escasos 21 años ya protagonizó un sonado accidente en el centro de Manchester. Dada su enorme facilidad para meterse en líos, no es descabellado aventurarle una carrera llena de ridículos empotramientos, pinchazos y colisiones.

Los futbolistas seguirán dando satisfacciones a sus aficionados y quebraderos de cabeza a sus mecánicos. Los hinchas de sus equipos tienen claro que les seguirán entregando su corazón, camiseta y aliento de forma incondicional. Lo que nunca entregarán serán las llaves de sus coches. De eso mejor que se encargue el club.

 

 

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